V
ENCUENTRO - 1999
Primer Nivel – Narrativa
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(P. del Este) - 1º |
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(*) Trabajo
seleccionado por el Tribunal y más votado por los usuarios de la
REU en el género narrativa:
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| La
vitrola giraba lentamente, tocaba unas gastadas notas de ''Para Elisa''.
Una tenue luz traspasaba los vidrios de la ventana y se reflejaba
en la caja musical.
Era un día gris, a quince años de la muerte de mi hermana Leonor, toda la casa estaba sumida en un moribundo silencio. Yo tenía entonces unos 6 años, y no comprendía el dolor y la pérdida que significaba para mi familia el solo recordar a mi hermana. Leonor era pianista; poseía un don especial y desde muy pequeña compuso música para piano. Aún está, abandonado en la sala de estar, el piano de cola que le regalaron al cumplir los 15 años de edad. Cubierto de polvo, se encuentra envuelto en un mantel floreado y sólo ocupa el lugar de una mesa, dejando en el olvido todos sus años de gloria. Si algo recuerdo de mi época de hermana menor, es la constante y melodiosa música del piano de Leonor, que se esparcía por toda la casa en forma de sombras negras que infundían melancolía. En el fondo, Leonor debió saber qué destino le esperaba, ya que los días antes de su muerte no se separó un segundo de su música, siempre atenta a la melodía y al buen sonido. Sí, ella amaba la música. Todavía me parece verla, escurriéndose por las sombras oscuras hasta su lecho de muerte. No dejó un solo día de tocar su piano, incluso parecía cada vez más dedicada a su música, aún debilitándose por su enfermedad. Nunca se supo de qué murió, pero hay quienes dicen que de tristeza, una tristeza que no supo expulsar y que la consumió durante diecinueve largos años. Mi madre siempre se emocionó mucho con la música, y una vez me contó, mientras miraba viejas fotos, que el día que Leonor murió, antes de partir, le dedicó una última canción. Se sentó frente a su piano y tocó ''Para Elisa''. Sus frágiles manos de movían con agilidad en el teclado, pero, aunque aún conservasen su gracia, no eran las mismas, estaban pálidas y sin vida. Luego del concierto, Leonor se recostó en el teclado y murió silenciosamente. |
Zo
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| Se
han dicho muchas cosas sobre el año 2000, desde que meteoritos
van a chocar contra la Tierra hasta que se va a acabar el mundo. Esta última
es la que ha sido más escuchada y mucha gente cree que quizás
suceda. Lucía es una de esas personas, se enteró de ese rumor
a comienzos de 1999. Al principio no creía, pero al pasar el tiempo
y a medida de que el rumor fue conocido por más gente y ganando
más fuerza, Lucía comenzó a pensar que quizás
sería verdad.
Llegó el mes de Diciembre y como era de prever, las sectas relacionadas con lo sobrenatural (espíritus y cosas de ésas) aumentaron, también aumentó el número de gente que iba a las iglesias a pedir que no se acabara el mundo. Por más que muchas personas no quisieran, (ente ellas estaba Lucía) el mundo seguía funcionando y los días pasaban, lentamente, pero pasaban. Una semana antes del ansiado pero también temido 31 de diciembre, los comercios decidieron sacar algo de ganancia con el rumor del fin del mundo, los comercios especializados en ropa comenzaron a vender ropa con dibujos de la Tierra explotando o de terremotos que hundían ciudades, otros, que vendían artesanías hicieron pequeñas maquetas que mostraban cómo se podía llegar a acabar el mundo, terremotos, volcanes, lluvia ácida y hasta extraterrestres destruyendo el mundo. Por supuesto que mercancía como ésta sólo era comprada por los más incrédulos y también sólo era vendida por personas que no creían en el fin del mundo. Toda la ya mencionada semana, del 24 de diciembre hasta el 31 del mismo mes, estuvo muy soleada, las playas y los parques que gozaban de una excelente sombra estuvieron muy concurridos durante esa fecha y, por supuesto, el tema de conversación en todos lados era el mismo, ¿se acabaría el mundo o sólo sería un falso rumor como el del año 1940? Nadie pudo dormir la noche del 30 de diciembre ya que después de la medianoche ya sería 31, el día tan temido por todos. Lucía no era una excepción, estuvo toda la noche acostada en la cama sin dormir por miedo a no despertarse jamás. La noche pasó y llegó la mañana del 31, amaneció nublado como era de prever por la cantidad de días calurosos que lo habían precedido. Al mediodía se desató una fuerte tormenta, los truenos y los relámpagos iluminaban el cielo. Al atardecer, todos los parientes de Lucía se reunieron en su casa para recibir el nuevo año o el fin del mundo, la mayoría de las personas allí reunidas no creían que se acabaría el mundo, pero Lucía sí, estaba convencida y también asustada. Las personas allí reunidas se enteraron que en muchas partes del mundo se estaban llevando a cabo fiestas de bienvenida al nuevo milenio, aunque en otras partes del mundo en ese mismo momento miles de persones se agrupaban en las iglesias para pedir que no se acabara el mundo. Lucía, aburrida de mirar el informativo, decidió ponerse a mirar las estrellas mientras que su madre preparaba la cena. A los diez minutos de observar el cielo y cuando ya estaba empezando parecer aburrido, divisó algo que le llamó la atención. Se trataba de un objeto brillante parecido a una estrella. Lucía pensó que era una estrella fugaz, pero enseguida se dio cuenta que se estaba acercando a la Tierra y corrió a dar la noticia. Sus parientes, que ya sabían lo supersticiosa que era, no le creyeron y para tranquilizarla, le dijeron que era una estrella fugaz. Lucía no quería creerles, pero al asomarse nuevamente a la ventana y no encontrar la estrella, el cometa, o lo que eso fuera, se convenció de que quizás fuera una estrella fugaz. A pesar de que muchas de las personas allí reunidas no creían que se iba a acabar el mundo, pero al ver la cantidad de desastres ecológicos que había en todas partes del mundo, en ese mismo momento cambiaron de opinión. El minuto anterior a la medianoche pasó muy lento, si nada pasaba después de esos 60 segundos estarían salvados. Cuando sólo faltaban 30 segundos para que llegara el 1 de enero del nuevo año, todos se pusieron muy nerviosos, se podía sentir la tensión en el aire, tensión que aumentaba a medida que transcurrían los lentos segundos, el corazón de las personas allí presentes latía rápidamente, sus ojos estaban clavados, fijos, pendientes del segundero del reloj. Pasaron las 12:00, nada, la 1:00 nada, todas las personas allí presentes se tranquilizaron y se dieron cuenta de que nada les pasaría, no en ese momento. Lucía y sus padres se fueron a dormir apenas se fueron los parientes, pero ésa fue su última noche porque lo que había visto Lucía no era una estrella fugaz sino que era un cometa que chocó contra la Tierra esa misma noche, destruyéndola por completo. |
Camila
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| En
todo el mundo sólo quedaban siete personas. A diferencia de lo que
habían predicado los videntes al correr de los siglos el Apocalipsis
no había sido causa de una guerra, un meteorito o una pandemia.
Simplemente había ocurrido.
En un segundo millones y millones de personas desaparecieron. En todas las ciudades miles de autos habían chocado al haber perdido repentinamente a sus conductores. Lo mismo ocurrió con aviones y barcos. La humanidad había sido borrada misteriosamente de la faz de la Tierra. Ni siquiera quedaron los cadáveres de los desaparecidos. Éstos simplemente se habían desvanecido. Los únicos sobrevivientes del repentino desastre eran siete hombres. Siete hombres comunes que, por casualidad, o por destino se encontraban juntos en un bar de Moscú. El cantinero fue el primero en notarlo. Los otros habían tomado demasiado, dos de ellos estaban vomitando en el baño, los demás estaban sentados en la barra del bar. Fue cuando escuchó una fuerte explosión que el cantinero se dio cuenta que algo andaba mal, el resto había escuchado la explosión, pero la atribuyeron a su borrachera. Al salir del bar para ver qué ocurría, Iosíf (el cantinero) no podía creer lo que veía. Las calles estaban repletas de autos chocados, algunos de ellos se estaban incendiando. Se podía ver a lo lejos, en el aeropuerto, un enorme incendio, provocado probablemente por la caída de un avión. Tras recuperarse de su asombro, corrió hacia el auto más cercano buscando sobrevivientes. Pero no encontró nada, ni siquiera un cadáver, recorrió así varios autos sin encontrar nada. Volvió a la cantina. -Señores, algo muy extraño ha ocurrido, vayan a ver.- dijo mientras se dirigía al teléfono. Ninguno de los seis hombres prestó atención al cantinero y continuaron bebiendo de sus botellas de vodka. Iosíf llamó a los bomberos pero fue atendido por una contestadora, no dejó mensaje alguno. Sabía que era inútil. Una hora más tarde, el cantinero, junto con otros dos sobrevivientes que se habían recuperado de su borrachera, recorría las vacías calles de Moscú buscando sobrevivientes. -La ciudad está vacía.- dijo Iosíf preocupado. -Si todos se fueron, ¿qué hacemos nosotros acá?- dijo Gerardo, uno de los hombres que estaba con él. -Yo digo que volvamos al bar- dijo el otro. -Estoy de acuerdo.- dijeron Iosíf y Mirno al unísono. En el bar, otro de los sobrevivientes estaba en el piso, vomitando y sufriendo convulsiones. Cuando Iosíf, Gerardo y Mirno llegaron al bar, un hombre ahogado en su propio vómito estaba tirado en la entrada. Los otros estaban durmiendo en el mostrador o tirados en el piso. -No
es la primera vez que se me muere un cliente.- dijo Iosíf después
de asegurarse que el hombre que yacía en la entrada estaba muerto-
Pero agrega otro hecho fuera de lo común al día.
-¿Y ahora, qué hacemos?- dijo Mirno. -Yo tengo sueño- dijo Gerardo adormecido por el efecto del alcohol, mientras se dirigía a uno de los bancos libres. -Nosotros nos quedamos acá revisándolos a ellos.- dijo el cantinero señalando al grupo de borrachos que dormían plácidamente en los viejos bancos de madera del bar. Tras media hora de estar sentados en la barra del bar bebiendo vodka barata los dos, Mirno y Iosíf también se rindieron ante el sueño. Al otro día los despertaron los gritos de los otros sobrevivientes. Dos de ellos entraban y salían del bar todo el tiempo y los otros dos estaban ausentes. Los dos que entraban y salían se tomaban la cabeza con las manos y repetían: "¡Esto no puede ser!", una y otra vez. Inicialmente no notaron la presencia de los otros dos que los miraban perplejos. -¿Qué carajo pasó?- dijo uno de los dos desconocidos. -¡Desapareció todo el mundo! -Algo ocurrió ayer de noche y toda la gente de la ciudad desapareció. -¿Cómo, desapareció?- respondió Ángel (uno de los dos desconocidos)- ¿A dónde fueron? -¿Y yo qué sé? -¿Murieron? -¡Ya te dije que no sé!- gritó Iosíf. -¿A dónde fueron los otros dos? -A sus casas. Tras discutir por unos minutos decidieron atravesar la ciudad buscando algún otro sobreviviente. Pero las calles estaban vacías y tranquilas. Nunca desde su fundación, Moscú había estado tan silenciosa. Las principales avenidas estaban llenas de autos chocados sin conductores. Al mediodía no habían encontrado ni un cadáver y decidieron hacer una pausa porque el abrasante calor les estaba dando náuseas. Rompieron la puerta de un supermercado sin preocuparse por la alarma y se dirigieron directamente a las heladeras del local de donde sacaron unas botellas de soda. -¿Qué pasa?- dijo Mirno a Iosíf que estaba sentado en el cordón de la calle con lágrimas rodándole por los cachetes. -Cada vez estoy más seguro que están todos muertos, de que somos los últimos que quedamos.- respondió entre sollozos.- Pero lo que más me deprime es que hace tres meses que no veo a mi familia. Los dos se quedaron conversando un par de horas hasta que el sol bajó y pudieron reemprender la búsqueda de otros sobrevivientes. Volvieron a subir al auto de Ángel y se fueron a recorrer los suburbios. Después de dos horas Iosíf estaba desesperado. Cada vez que escuchaba un sonido, por más suave que fuera, miraba frenéticamente a su alrededor buscando alguna señal de vida. Para cuando había caído el sol y la ciudad cayó en la penumbra, los hombres perdieron por completo sus últimas esperanzas. Decidieron pasar la noche en una lujosa mansión en las afueras de la capital rusa. Todos estaban de mal humor, pero el que estaba más desesperado era Iosíf. Vagaba por los cuartos de la casa golpeándose contra las paredes bebiendo de una botella de whisky escocés carísimo. Alrededor de las once de la noche Iosíf se juntó con los otros en el living de la casa. En una mano llevaba un arma que había encontrado mientras recorría la casa. Estaba totalmente borracho y le temblaban las manos. -¿Qué haces con esa arma, cantinero?- dijo Ángel. -¡Me dejo de joder! - dijo mientras ponía el arma en su sien y la enmartillaba. ¡Me dejo de joder! - repitió justo antes de volarse la cabeza de un balazo. |
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| Era
una tarde soleada, de aquellas que casi nunca se ven. El sol, entre el
horizonte, tratando de seguir allí, dispuesto a pelearle el puesto
a la luna, se iba perdiendo lentamente. Un color rosado amarillento envolvía
el cielo, las nubes de un color amarillo griseado adornaban el ambiente,
mientras yo, sentado en un banco, tomando unos buenos mates amargos. De
repente, se vino la noche y con ella la luna, redonda anaranjada, postrada
en el medio del cielo. Me levanté, miré el reloj, el campo,
ya oscuro y tenebroso daba una sensación de miedo. Hoy iba a ser
la gran noche: la caza de los jabalíes.
A las nueve vino don Ramón, oriundo de Durazno, gran conocedor de este tema. Luego se sumaron Víctor, el capataz, y don José, el vecino. Nos juntamos en la vieja tapera. La noche, oscura, templada, hacía que los viejos muchachos se motivaran. Cargamos los veintidós, los Springfeld y por cualquier cosa, una Mágnum 44. Sería una larga noche. Partimos a paso de tortuga hacia el bosque, rodeamos el lago, cruzamos el cerro y allí estaba el monte de los jabalíes. Acampamos a unos 300 metros de él. Una vez asentados saqué el whisky, lo metí en una bolsa y dije: "Muchachos, ya llegó la hora, vámonos." Hoy me sigo lamentando por haber dicho eso. Víctor iba al frente, luego lo seguía don José, y por último don Ramón y yo. Entramos silenciosamente al bosque, muy nerviosos vigilábamos todas las direcciones. A la velocidad que cae un rayo cruzó uno, oí un disparo, el animal gimió y se fue. Sentí una sensación extraña, giré, había dos; cuerpos macizos, caras diabólicas, saqué el Springfeld, disparé a quemarropa. Aterrado grité, Ramón disparó sin saber por qué. Por suerte le dimos, y gracias a mi arma nos salvamos. Me acerqué a ver los jabalíes, me sentí raro, una especie de calor intenso, miré nuevamente a los animales, ya no estaban. El corazón se me paró. Ramón, se paralizó. ¿Qué diablos estaba pasando? Dos jabalíes supuestamente muertos y sus cadáveres desaparecieron. Los muchachos iban lento, cada vez más nos internábamos en el oscuro bosque. Se escuchaban ruidos de pisadas; fuertes y punzantes. Lo más extraño de todo era que no teníamos contacto visual con ellos, es decir, sabíamos que estaban allí, pero no los veíamos. Esto hacía que mis nervios se multiplicaran con facilidad. Sorpresivamente apareció uno, saltó desde las penumbras y atacó al capataz. El jabalí no se detuvo. Víctor lanzaba gritos de dolor y desesperación, la bestia cesó, el pobre hombre medio moribundo suspiró. Luego, el animal como si estuviera controlado, se fue. Miré a Ramón, salí corriendo detrás del atacante. Corrí lo más rápido que mis pobres y viejas piernas pudieron. Detrás de mí venían el oriundo de Durazno y José, el vecino. Entre los arbustos espinosos y los árboles descubrí algo que nunca hubiera querido descubrir si me dieran una segunda oportunidad. Se encontraban todos, grandes y pequeños, hembras y machos, era una especie de reunión, había otros animales muertos, y éstos se los estaban devorando. Traté de gritar, mi boca no emitió sonido, me di vuelta, mis compañeros se encontraban en la misma posición que yo. Empecé a correr, después me di cuenta de que el ruido de las hojas de eucaliptos atraerían la atención de los jabalíes. Era demasiado tarde, detrás de nosotros se escuchaban pisadas fuertes, aterradoras, se acercaban cada vez más. Escuché a José, el fresco olor de la carne envolvía el lugar. Intenté no pensar, mi meta era salir del bosque, lo extraño era que parecía nunca acabar. La noche, más oscura que nunca, miraba cuidadosamente el lugar. El vecino, entre el miedo y las ganas de escapar, tropezó, parecía caer en cámara lenta. Su cara difundía desesperación, frené. Saqué el Mágnum, cuatro jabalíes se aproximaban, disparé, las bestias del demonio retrocedieron. El pobre hombre se levantó y lentamente nos fuimos alejando. A todo esto, aunque no me crean, habían transcurrido varias horas. La luna iba desapareciendo y el sol recuperaba el lugar que le pertenecía. José, exhausto al igual que yo, estaba postrado en un árbol, aguardaba por lo inevitable. Me levanté, miré en varias direcciones, no había señal de los animales, ni ruido, ni nada. Medio confundido, vi campo abierto, salí corriendo. José, al verme, hizo lo mismo. Por fin habíamos llegado al lugar deseado, la carpa. Después de dormir por tres horas de corrido, empaqué y con mi vecino nos fuimos lentamente. La verdad es que todavía hoy no sé bien qué pasó, pero de lo que sí estoy seguro es que esos animales no eran normales y fueran lo que fueran me gustaría ser el que lo averiguara. |
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No pudo leer esa noche, ritual que hace años practicaba, y que según
le llegara emocionalmente el libro, eran las horas de duración.
Hacía días que le venía sucediendo lo mismo, acurrucar
el libro entre sus envejecidas manos, bajar la vista hacia las primeras
líneas del párrafo, y nada. La concentración se esfumaba
y lo dejaba recostado, intentando en vano dormirse.
Pero esa noche decidió que no podía continuar la molesta situación, que ya estaba influyendo en su carácter, y que sus buenos amigos, con pequeñas y bien intencionadas observaciones y comentarios sobre sus actos, se lo hicieron ver. Se estaba convirtiendo en un hombre frío, muy irritable, impaciente y sobre todas las cosas, distante. Trató de ordenar su mente, y encontrar en ella esa pequeña pieza que debía ajustar, aunque sabía que no era fácil hacer ninguna de las dos cosas. Estuvo horas mirando al vacío. Volviendo hacia atrás y hacia delante en el tiempo, buscando la situación, la palabra o la simple mirada que lo había encauzado en el inesperado y a la vez inevitable camino de la áspera soledad. Revisó los libros que no había podido leer y el último leído, pero ninguno de ellos le había llegado tanto como para cambiarlo así. Poco a poco, se fue dando cuenta que era un problema muy suyo. Tan suyo, que ni sus pensamientos habían intervenido, sólo sus sentimientos y emociones. Su alma y su corazón estaban tan repletos de éstos, que no cabía casi nada más. Apenas quedaba espacio para algunos anhelos, pero de poca importancia e irrelevantes para su persona. Comprendió que la única manera de sobrevivir a ese encierro, era canalizando su sentir en actividades únicas, pensadas por él y para él. Se levantó de inmediato, tomó una lapicera y como no le escribió, terminó con el marcador del pizarrón del cuarto. Lo apoyó en la pared y comenzó a dibujar esos ya inconfundibles garabatos que llamamos letras: " Envuelto en una pesada e incontrolable niebla, he decidido escribir aquí, en este mar de puntos, mis sentimientos y emociones, que por no ser sacados de mi interior han comenzado a anular mi yo. Estas paredes serán mi segundo corazón donde quedarán tatuados y esperando seguramente volver a penetrar en otra alma, en un corazón verdadero." |
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| Era
el año 2080. Todos luchaban por escapar... Escuelas derrumbadas,
casas destrozadas, un mundo horrible... Un mundo gris.
Hacía ocho años que no escuchábamos el silencio; ya nos habíamos olvidado de cómo era; gritos horribles se escuchaban; tiroteos sin parar, explosiones, niños muertos. Ya no quedaba nada. Nada. María y yo tratábamos de llegar hasta la base WX9 desde donde la última nave de la Tierra iba a salir de este infierno. Nosotras nos apurábamos; mucho. El camino era una hilera de cadáveres que no tenía fin. Las dos corríamos, cuando de pronto, una bomba estalló muy cerca. - Maldición, otra vez esos seres extraños. - Sí, María; desde que conquistaron el mundo están por todas partes. - Ya lo sé; tenemos que correr más rápido. - Vamos, antes de que nos descubran. - Tengo una idea; separémonos; va a ser más fácil.- dije yo, mientras me metía por una galería vieja y rota. Cuando corría desesperadamente, tropecé con una piedra. Caí. Me había golpeado en la cabeza; veía todo borroso y mi mente estaba en blanco. Había olvidado dónde estaba, pero lo que aún recordaba era que tenía que huir. Continué mi camino. Cuando estaba casi por llegar al otro extremo de la galería, me pareció ver una imagen. Me detuve y retrocedí confundida por el dolor y porque era imposible que una persona estuviera allí. María y yo éramos dos de los pocos que quedábamos. De pronto, mis ojos se desorbitaron. Se dibujó una sonrisa en mi boca, a pesar de todo el dolor que tenía. Allí en la puerta, había una persona. "¡Hola!", le dije asombrada, pero no me hablaba. "¡Vamos!, antes de que sea demasiado tarde." Pero sólo me miraba; yo, pensando que aquella persona no sabría mi idioma le hice señas con las manos, intentando que se acercara: y me las devolvió enseguida. Fui acercándome suavemente para agarrarle las manos, y también hizo lo mismo; pero yo vacilé... ¿No sería algún ser extraño tratando de engañarme? Entonces retrocedí rápidamente. Como si pensara lo mismo que yo, repitió mi gesto. Nos miramos; descubrí que era imposible que fuera un ser maligno, porque en su cara se notaba todo el dolor y la tristeza. Entonces pensé: "Debe estar asustado." A lo lejos, vi una persona que se acercaba gritándome: - ¡Rápido, rápido! No queda tiempo. ¡Tenemos que irnos! A medida que se acercaba, podía divisar quién era. Esto nunca me pasaba, pero esta vez veía todo borroso por el golpe. Era María. Yo le dije muy feliz: - ¡María, María, encontré a otra persona como nosotros! - ¿Dónde está? - me preguntó asombrada. - Allí, allí está. Ella me miró con una profunda cara de tristeza y me dijo: - Es sólo un espejo. |
Huella
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Año 3024, 30 de agosto. Hola! Les escribo desde un mundo tranquilo
y celestial donde los humanos van después de la muerte: el cielo.
Me gustaría relatarles cómo fue el fin de la Tierra.
Esa mañana, al despertar, me preparé para ir al liceo como lo hacía habitualmente. Salí abrigada porque hacía frío; tomé mi bicicleta y cuando abrí el portón de mi casa noté que el cielo estaba algo rojizo. Sin preocuparme, pensando que era sólo un amanecer raro, me dirigí al liceo, que quedaba a unas quince cuadras de mi casa y al cual iba de lunes a viernes de 7:45 a 14:30. Al llegar, comentamos con mis amigos y compañeros de clase el raro estado del cielo. Luego, mientras nos preguntábamos por qué el cielo seguía en ese estado raro y críptico, se oyó una voz grave y fuerte: "Es porque hoy es el fin del mundo", exclamó un chico de segundo año que pasaba por la puerta y escuchó nuestras voces. Todos nos empezamos a reír, pero él parecía muy convencido de lo que nos estaba afirmando seriamente, a la vez se le notaba preocupado. Algunos empezaron a ponerse nerviosos, ya que el cielo no se aclaraba y el joven seguía insistiendo en que era verdad lo que él estaba diciendo; otros llamaban a sus casas para preguntarle a sus padres, hermanos u otros familiares si era verdad, pero yo no. Creía que el mundo terminaría cuando mis hijos, nietos y bisnietos ya estuviesen muertos y que yo, desde el cielo, vería esa gran explosión como un pequeño fuego artificial que todos estarían observando y festejando, y que nadie sufriría, ya que el impacto sería solamente un instante. Lamentablemente no fue así. Ya eran las diez de la mañana y el cielo en lugar de aclararse se tornaba cada vez más rojo, era un rojo intenso, intenso como la sangre, tan fuerte que ya me estaba preocupando. Al mediodía nadie comía, todos estábamos mirando ese espectáculo que se mostraba ante nuestros ojos, y que asustaba a todos. Fue justo en ese momento que pasó una nube anaranjada y cubrió todo el cielo como quien coloca una manta sobre un niño. Todos en el patio gritaban con gran desesperación, pensaban que en ese mismo instante el mundo explotaría, que no tendrían tiempo para despedirse de sus familiares y que luego de la muerte no venía nada. Pero la mayoría de su pensamiento no era correcto. El cielo permaneció en ese estado durante mucho rato. Nadie prestaba atención a las clases, sólo miraban ese cielo temeroso pensando que esto podría ser lo último que verían. Pero todo continuó igual. Salimos del colegio y nos quedamos hablando con unos amigos de lo que estaba pasando y antes de irnos nos despedimos entre llantos y abrazos que darían fin a esa amistad. Al llegar a mi casa me acosté sobre el césped y me quedé un largo rato mirando ese cielo que ya se tornaba medio negro, con tonos muy rojos, y otros más anaranjados que impresionaba a cualquiera. Llegó mi padre de trabajar y se acostó a mi lado. En ese preciso instante se sintió un pequeño ruido, como cuando explota un globo a lo lejos. Le quise preguntar qué había sido eso, pero cuando hablé las palabras que estaba pronunciando no se escuchaban. ¿Qué habría pasado? Estaba histérica, no sabía qué hacer. Abracé a mi padre tan fuerte como pude. Le quería transmitir cuánto lo quería, pero no podía y él no me podía escuchar por más que quisiera hacerlo. Luego, al mirar hacia un costado, vi una ola gigante aproximarse ferozmente. Comencé a llorar, pero allí todo era silencio, veía esa cosa impresionante venir hacia mí, arrasando con todo lo que estaba a su paso: gente, casas, automóviles, calles, árboles. Era como un destructor que nada, ni la tecnología más avanzada, podía detener. ¡Llegó a nosotros! Con mi padre, aún abrazados, nos tomamos de la mano y nos despedimos con la mirada, aunque los dos sabíamos que nos íbamos a encontrar aquí, donde mujeres, hombres, niños y niñas van al terminar sus vidas. El golpe fue tan fuerte que nos separó. Resultaba raro, pero ya antes de morir mi cuerpo, mi alma estaba aquí viendo todo lo que estaba pasando. Fue horrible ver a toda esa gente morir, sobre todo a los niños chicos que todavía tenían toda una vida para disfrutar como ellos decidieran. Pasó un rato. Nada se veía, sólo agua y cuerpos muertos en la superficie; era una imagen muy desagradable, lo peor que me pasó fue ver los cuerpos de mis familiares y amigos quietos como estatuas de caras pálidas y ojos tristes. En ese mundo cosas increíbles habían pasado; no quedaba más que agua, que lentamente se fue evaporando dejando ver los picos más altos de aquel planeta en el cual todos habíamos vivido. Un día, treinta años después, me encontraba mirando la Tierra con algunas amigas cuando notamos que empezó a temblar, como si hubiera un gran terremoto afectando todo el planeta. Llamamos a todos los que estaban en la zona para que vieran ese fenómeno impresionante que estaba teniendo lugar. La tierra empezó a quebrarse y el agua comenzó a irse por las grandes grietas formadas sobre su superficie. De pronto, todo cesó. Como si sólo hubiese sido un temblor más. ¡EXPLOTÓ! Así es. Después de treinta años desde que finalizó la humanidad el mundo explotó dejando miles de fragmentos pequeños de tierra esparcidos por toda la Vía Láctea. Yo aún guardo uno que encontré dos días después de la gran explosión. ¿Has tú de encontrar el tuyo? |
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| Las
ansiadas vacaciones por fin llegaron, como traídas por mi enorme
deseo de volver a visitar el campo. ¡El maravilloso campo! Poder
verlo y sentirlo, era lo único que quería.
Por suerte todo vino tan rápido, mis primeros viajes sola, la alegría de mis primos al verme, el reencuentro con mis tíos, mis mejores aventuras. En fin, todo. Al amanecer, ya estaba cambiando ciudad por campo, cemento por pradera. ¡Qué maravilla! En todos lados el cielo azul e infinito, abrazando a las cuchillas interminables, parecía recibirme. Después, todo vino junto: travesuras, cabalgatas, juegos y jineteadas entre risas y golpes. En el campo de mi tío conocí a Montero, el capataz, un hombre de confianza, gurisero y viejo, que representaba más de los 60 años que tenía. Parco en palabras, su figura, a caballo, en la lejanía, parecía Don Quijote y por eso lo llamábamos así. Extenso en afectos y sabiduría, a veces chistoso, a veces serio, nos aguantaba siempre. ¡Era re bueno! Esa
mañana mi primo se levantó temprano, como de costumbre, y
nos despertó a gritos y sacudones. Apasionados por el campo, arrear
los caballos y ensillarlos fue todo uno.
- ¿A dónde va, Montero? - preguntamos. - Hay una majada en el fondo del potrero largo que tengo que llevar hasta el corral de cura. Y con su acento de paisano nos dijo: - ¿Quieren venir? Y hacia allá nos fuimos. Al llegar a un montecito que lindaba con el arroyo, vimos a la majada. Las ovejas al vernos dispararon, unas en fila india y otras dando pequeñas carreras y graciosos brincos. Pero una de ellas, que estaba un poco alejada no se movía. Echada contra una piedra, allí quedó inmóvil como estaba, sin reaccionar ante nuestra presencia. Montero, hábil y conocedor, puso pie en tierra. Sacó de su recado un frasquito blanco que contenía un polvo rosado. El olor fuerte y nauseabundo llamó mi atención. Pregunté qué pasaba y me acerqué al animal. Al verlo me di cuenta de todo. Su ojo brillante y negro azabache ya no existía. En su lugar había un hervidero de pequeños gusanos, babosos y rosados. La oveja estaba abichada. En contacto con el remedio los malditos bichos comenzaron a moverse y a retorcerse. La pobre oveja se puso como loca, supongo que de dolor. Desesperada por la impotencia, le coloqué mi mano sobre el lomo tratando de consolarla, pero era inútil. ¡Pobrecita! En ese momento recordé un texto de Juan Ramón Jiménez cuando contaba la muerte del perro sarnoso. - ¿Se morirá? - le pregunté a mi primo. Me respondió sin hablar, con un gesto de duda. Subimos en silencio a los caballos y regresamos con el resto de la majada. En el campo estos casos son comunes, pero a mí me marcó mucho y no hablé por un largo rato. En la noche soñé con ella, la oveja, pero no la veía enferma, la veía sana y feliz correteando con los demás. Al otro día, montamos apresurados y sin perder tiempo fuimos derecho al montecito. Allí estaba, rígida, tirada sobre el pasto, con su vellón gris, mojada por el rocío. Al sentirnos llegar un tero nos recibió con su chirriante canto, teru... teru... teru. Fue lo único que se escuchó en ese momento. |
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Aquella mañana desperté más cansada y nerviosa que
nunca. Es que había dormido mal, con pesadillas. Todas las noches
leo un poco antes de apagar la luz y esa noche me había dormido
leyendo uno de esos cuentos macabros, a pesar de las advertencias de mi
madre y de cómo me afectarían el buen sueño.
A la mañana siguiente, traté de hacer las mismas cosas que hago siempre, como peinarme, lavarme los dientes, repasar los deberes del día; pero me seguía sintiendo algo rara. Al mediodía comí y fui al liceo. Mi día transcurrió como cualquier otro. De regreso a casa, miré televisión, escuché música, hice los deberes, hablé por teléfono con mis compañeros y a la hora de acostarme busqué el libro, pero no lo encontré. Quise saber dónde estaba, pero nadie supo de él. Era una lástima, porque a pesar que por momentos me daba escalofríos, era interesante y quería saber cómo terminaría el relato de las hormigas gigantescas que devoraban a todo un pueblo. Pasó otro día y el libro no aparecía. Pensé que mi madre me lo había escondido, pero ella aseguraba que no. Noté sí, un olor raro en mi cuarto. Era desagradable. No podía identificarlo con nada. Cuando me acosté, el olor se hizo más fuerte. Miré por todos lados y no noté nada raro. Puse perfume en mi almohada y me dormí profundamente. A la noche siguiente, me metí en la cama y agarré una revista para leer. Mientras lo hacía, una hormiga apareció dentro de las hojas de la revista. La espanté de un manotazo, pero vi otra caminando libremente por el borde de la cama. Corrí un poco las sábanas y no eran dos ni tres, eran muchas hormigas moviéndose de un lado al otro de mi cuerpo paralizado por el terror. Cuando pude reaccionar salté en un solo grito. Nadie venía a socorrerme. ¿Tan profundamente estaban dormidos los de mi casa que no me oían?. Parada en el medio del dormitorio me sacudía en forma alocada, tratando de que ninguna de las hormigas quedara en mi cuerpo. Saltaba para no darles tiempo a que se treparan más. Como pude, llegué a la llave de la luz y la encendí. Vi cómo las sábanas amarillas no eran amarillas, sino negras y movedizas. Seguían sin venir a socorrerme. Armándome de un gran valor, con un zapato traté de aplastarlas. Moví el colchón y de una esquina de él salía más y más cantidad. Cuando levanté esa esquina, allí estaba. Era mi libro, marcado en la página que lo había dejado la última vez. Grande fue mi sorpresa cuando descubro que como marcador tenía un dedo índice lleno de sangre. Tanto asco sentí que de mi garganta salió un grito desgarrador. Mientras tanto, las hormigas lo habían invadido todo y comencé a sentirlas en mi cara, mis orejas y mis brazos. Me sacudí y cuando pensé que, como en el libro, sería comida de insectos, escuché la voz de mi mamá que me decía: “¡Despertáte, que es un mal sueño!” y un “¡Te dije que no leyeras esos cuentos de noche porque tendrías pesadillas!”. Mientras, con sus manos me acariciaba la cara. |