REDificando LetrasIV ENCUENTRO - 1998

Tercer Nivel – Narrativa

Título
Seudónimo
Nombre
Institución
El túnel del extrañamiento
Terry
Karina Macadar
IUDEP
Migas de pan
Bilbo
Ignacio Peña
IUDEP

 
 
EL TÚNEL DEL EXTRAÑAMIENTO

          Estoy casi adentro. Costó pero ya percibo esa oscuridad que justifico como necesaria; ese sentimiento de alivio de tener los ojos abiertos, más abiertos que nunca y sin embargo no ver nada que no quiera ver.  Me dejo llevar por lo que siento, por lo que oigo.  De repente me caigo, me tropiezo con algo que no sé qué es pero que quiero descubrir.  Tanteo y agarro algo redondo, es lo único que puedo saber de ese "algo" que se encuentra en mi camino. Pero estoy feliz así, capaz que es algo que no me gusta y sin embargo de esta forma, igual lo tengo en una mano sin discriminarlo, aún.  Pero no quiero llevarlo conmigo, prefiero seguir mi viaje liviana, sin peso, capaz que encuentro algo que me atraiga más.  Sigo mi camino, sin rumbo.  Me voy agarrando de algo que supongo que son las paredes. Voy despacio, ¿con miedo? Sí, un poco.  No sé que puedo encontrar, pero se que me da más ganas de avanzar y sorprenderme.  Entonces me lleno de ganas y fuerza y empiezo a caminar cada vez más rápido, hasta creo que llego a correr;  y sin querer pateo algo.  me agacho y lo busco, en verdad yo no lo busco, lo hace mi mano derecha. Cuando logro tocarlo, me raspo. Es fino, pero no me gusta.  Es bueno haberlo pateado.  Sigo.  No pienso perder un momento más  en algo que no vale la pena.  Empiezo a caminar nuevamente, pero ahora, enojada.  Todavía no encontré nada que me quiera acompañar en este viaje que parece interminable.  De repente freno, creo que pisé algo.  Me agacho y lo recojo. Es suave y delicado.  Lloro, espero no haberlo lastimado.  Le hago unas caricias lentas y lo guardo en un bolsillo.  Quiero salir, quiero saber que es eso "tan delicado" que encontré. ¡Déjenme salir!  Nadie me escucha. Mi voz retumba, y asustada por mis propias palabras haciendo eco, acelero el paso.  Tengo una intuición y me siento despacio en el piso.  Tanteo y encuentro algo duro, grueso.  No puedo llevarlo conmigo.  Perdón.  No puedo.  Si lo hago, va a pelearse con lo suave y hermoso y seguro que ganará porque es más fuerte.  Lo vuelvo a dejar donde lo encontré, y me doy cuenta de que a su lado hay otra cosa, rara, que es un poco más suave.  Pero tampoco puedo llevarla, sino lo hermoso se pondría celoso. Le digo adiós a los dos, y más segura que nunca, sigo.  Quiero salir.  Corro, veo algo.  Me parece ver luz, me parece ver.  Corro cada vez más r pido y llego. Lo logré, salí.  Grito, salto, canto.  Tengo conmigo un recuerdo hermoso, suave y delicado, pero no me puedo acordar de lo dura que fue mi infancia.  Igual lo logré.  Estoy cansada, viajé mucho; del pasado al presente es un largo camino.

  Terry

Al índice
MIGAS DE PAN

  Ese día, como todos los días, después de almorzar, Martín se metió en el monte.  Rompiendo alguna rama que otra, cada tarde a la misma hora el mismo árbol esperaba al mismo Martín que se sentaba a su lado y, tranquilo, rompiendo hojitas secas, parecía esperar al tiempo, que nunca lo alcanzaba. Martín no estaba todos, toditos los días ahí por casualidad: su padre le había contado que en el monte se esconde un pájaro, que pocos hombres lo han visto, y que al que lo vea puede darle más suerte que una pata de conejo o más desgracia que un gato negro, de esos que andaban a veces por el pueblo, enredados en la noche. Eso era lo que quería Martín, porque sabía que a él, que nunca se había portado más mal de lo necesario, el bicharraco ese sólo podía darle buena suerte. Esas cosas  pensaba durante las casi dos horas que pasaba junto al árbol, envuelto en el olor del monte y vichando para todos lados para que no se le fuera a escapar el pajarito ese.  Pero ese día, ese día fue diferente. Martín llegó a su árbol y se sentó en su lugar rodeado de hojitas rotas que el viento no alcanzaba a borrar.  Pasó media, una hora, quince minutos más, tres hojitas picadas, unos segundos y los cuatro estallidos, que le golpearon el corazón como un tambor. Después, Martín y el silencio. Una voz, quizás la del árbol, quizás la del silencio le gritó que corriera, y Martín corrió. Corrió hasta su casa inventando caminos en ese monte, su monte, que antes fue amigo y ahora era cárcel. Martín corrió, corrió y siguió corriendo hasta que se le acabó el monte y cayó desde esos miles de kilómetros que lo separaban del mundo, de  boca en la realidad. Cuando levantó la cabeza vio como los borrachos que se habían peleado la otra noche con su padre, salían a los tumbos y gritando de la casa, espantados como almas que lleva el diablo.  Martín se levantó y los corrió, pero los hombres ya se habían subido a la camioneta y habían escapado. Desde atrás, bien atrás, la vieja Ford azul parecía estar levantando todo, todito el polvo de todos los caminos. Martín paró, se dio cuenta de que ya no servía correr y además, si los agarrara, no sabría qué hacer. Se dio vuelta.  La casa era un monstruo enorme, recortado en el cielo de la tarde.  El zumbido del silencio lo asustaba. Un grillo, nada más que un pobre y solitario grillo se desvivía por llenar el vacío. La casa estaba llamando a Martín.  Un pie se adelantó, solo. El otro pie no quiso ser menos y se adelantó más. Martín quiso preguntarse como podían sus pies jugar en un momento así, pero no pudo; el miedo no lo dejaba ni pensar, ni respirar, ni nada:  sólo lo dejaba caminar y tener más miedo. Sin darse cuenta casi, los pies habían estacionado prolijamente frente a la puerta. Apenas entró a la casa, Martín quedó paralizado: ahí estaba, picoteando las migas de pan que quedaban en la ropa de los cadáveres de sus padres  baleados, el pájaro del monte.

Bilbo

Al índice


Vuelve a la página principal de la Red Educativa Uruguaya
Vuelve a la página principal del proyecto REDificando Letras

Colonia 1637 CP 11200
Tel: +598 2 4097020 Fax: +598 2 4093219 BBS: +598 2 4095977*
Montevideo - Uruguay - América del Sur
Actualizado: Junio 3, 1999.