III
ENCUENTRO - 1997
Tercer
nivel - Narrativa
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Ahora tan pálida recuperás la sonrisa que no tuviste de niña. Te traje flores, mucho más lindas que las que vendías por la calle. Tiritando. De dolor. De miedo. De frustración. De rabia. O tal vez... sólo de frío. Tu mirada era triste y clara. Clara como el mar, y triste como el aullido de un lobo. El aullido de la muerte que acompañó tu nacimiento, dejándote sola en el medio de latas y cartones. Te pusieron Soledad, anticipándote el destino que te deparó la vida. Te usaron. Vendiste flores, tarjetitas, y más tarde te vendiste a vos misma. No tenías una madre que te guiara ni un padre para protegerte. Tu vida fue una corta y eterna soledad. Y de repente, creíste vivir. Un apartamento y champagne eran mucho para vos. Pensaste que era amor. Y sonreíste como por primera vez cuando empezó a crecer tu vientre. Te imaginabas dándole el hogar que nunca tuviste. El apartamento y el amor los perdiste al darle la noticia. Por mi carrera política, te dijo, y aunque volviste a estar sola, seguiste adelante, y eras feliz porque por un momento le encontraste sentido a tu vida. Después, la caída de la escalera. Todo fue inmediato. El hospital, las pastillas, y de nuevo la soledad. Ya no querías luchar. Ya no creías en nada. La felicidad era sólo eso, alcohol y pastillas. La calle estaba dura. Salías con tus nuevos amigos y ahora llevabas revólver. Era para prevenirte, pero un día precisabas plata para comprar unos minutos de felicidad y se te cruzó la idea fugaz como un rato. El tipo estaba en la cama y vos no pensaste. Después, estabas ahogando tu culpa entre whisky y polvo. Aunque por una rata menos...te decías. La violencia se había hecho tu amiga, y en tus ojos rojos sólo había venganza. Te vengaste de muchas ratas inmundas, pero eso la cana no lo entendía. Te buscaban como locos, aunque muchos de esos caretas ya habían pasado la noche con vos. Te buscaban viva o muerta. Yo te conocí por la foto del diario, aquella que titularon "El ángel maldito". Y sí... parecías un ángel, y creo que ahora lo sos. Fue el destino, la sociedad que te obligó. Y eso lo comprobé cuando te encontramos en el río. Según los forenses tenías más alcohol que sangre. Una testigo dice que te tiraste sola, pero yo sé que te mataron ellos. Sin tocarte. Te mató el sistema. Soledad, apenas 20 años y ya dejás el mundo. Pero ahora te veo feliz. Estés donde estés, seguro estás mejor que acá. Y antes de irme te quiero decir algo... no sos la única Soledad en el mundo, en las calles de todas las ciudades hay personas como vos, condenadas a muerte por la sociedad, antes de haber nacido.
Pamela (5º año)
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Otra vez más y como ya era costumbre, la vida de la oscuridad tomaba
nuevamente su delicioso sabor a monotonía y fracaso. Así
pasaban los días, lejos de las encandilantes luces del mundo exterior,
pensando si es la mano de Dios la que nos destina a la soledad de las negras
dimensiones como única forma de evaporar los sonidos del tiempo.
El humo de un cigarro que se consumía lentamente iba convirtiendo
la desordenada habitación en un reducto inhabitable. En esos momentos
mi atención perseguía una melodía que se escurría
entre los rincones de la deprimente madriguera. Era el famoso canto que
sólo un gran maestro como Johann Sebastian Bach pudo haber traducido
en esa suite que ahora ejercía su poder en mi mente, transformándose
en la protagonista de esta primera escena. Me dejé deslumbrar por
su lenguaje y la increíble armonía, observando cómo
sus formas me presentaban un espectáculo, me recitaban su historia,
la cantaban, la terminaban y volvían a empezar.
En el apogeo del vuelo sentí unos pasos detrás de mí,
volví la mirada y me encontré con la figura del gran maestro
que se acercaba lentamente. Se sentó a mi lado. Después de
permanecer un instante en silencio se acomodó en su asiento y dijo:
- En
la miseria de este siglo resulta increíble ver cómo los mortales
aún pueden refugiarse dentro de los laberintos de la música.
Estas palabras terminaron de bajarme a la tierra y antes que pudiera responder
volví a sentir su voz:
- Últimamente he adquirido la costumbre de vagar por tu mundo; la
verdad es que estos viajes no hacen más que deprimirme, pero cuando
pasé por este lugar y al verte en esa situación, me surgió
la extrema curiosidad de conocer tus pensamientos.
Halagado ante el hecho de que semejante personaje se interesara por mis
meditaciones, que hasta ese momento creía inútiles, respondí
poniéndole un aire solemne a mis palabras:
- Es verdad que el mundo no se encuentra en su mejor momento; a pesar de
esto, mantengo la esperanza de que las grandes obras puedan conservarse
vivas. Ante la desgracia que impera en estos días, no veo mejor
refugio que esta solitaria habitación y lo cierto es que la tortura
es más leve si, en vez de pararme a escuchar los gritos salvajes
de los hombres, me dejo llevar por la fuerza del universo de la música.
- Lo entiendo - dijo el maestro elevando su mirada -. Tus palabras no hacen
más que confirmar mi teoría y el hecho de que, a pesar de
nosotros, nos vamos convirtiendo en apóstoles de un saber misantrópico.
No pretendo renegar de los hombres, pero llegamos a un punto en que la
convivencia con ellos resulta del todo incompatible con mi forma de contemplar
los ideales de la naturaleza divina.
Sus palabras resonaban en mi mente y, uniéndose a la melodía
que continuaba susurrando su ritual de encanto, obligaron a mi conciencia
a reemprender el vuelo. El cielo volvió a ser azul, el aire volvió
a rozar mi cuerpo y, por primera vez, vi a los bosques ser solamente bosques.
El resplandor de este mundo olvidado se reflejaba en la claridad de los
mares y, a lo lejos, los inmensos palacios se confundían tras el
espectáculo de fascinantes jardines que descansaban en la plenitud
de una vida que nunca antes había contemplado.
Al levantar la mirada pude ver cómo la pared que habitualmente comprobaba
mi encierro había desaparecido. Mi acompañante se encontraba
sentado frente a un clavicordio y sus dedos ya empezaban a pulsar las delicadas
teclas.
- Los hombres! - exclamó el maestro mientras entonaba los compases
de un naciente preludio -. Las únicas criaturas capaces de convertirse
en traductores de las esencias. El único ser que puede comprender
la unidad que escapa los sentidos, el único ser capaz de destruir
la unidad que no alcanza sus sentidos.
La pieza que ejecutaba comenzaba a tomar forma, lentamente se elevaba en
un desarrollo celestial. Escuché cómo dos melodías
se respondían y se me representó la imagen de un largo río
que corría escapando a la furia de las tormentas. La gravedad de
la noche parecía luchar con la delicadeza y fluidez de la claridad,
pero solo bastaba un poco de atención para apreciar la grandeza
de su unidad y lo desposeída que se encontraba la una sin la otra.
Su compositor hacía volar las manos sobre el teclado y, escuchándolo,
permanecí largas horas observando cómo la virtuosidad de
un hombre representaba y se convertía en tan fiel intérprete
de la naturaleza. De esta manera, el final se fue acercando, la tensión
fue creciendo y explotó en las sublimes notas que se sucedieron
hasta que, con los ojos cerrados, volví a la soledad de mi habitación.
En un vuelo frenético regresé al mundo, a mi mundo.
El cielo nuevamente fue gris, el viento volvió a empujar mi cuerpo.
Los bosques de piedra aparecieron y el resplandor de nuestro mundo recordado
se reflejó en la claridad de superficies de asfalto. Los mares volvieron
a devorar los palacios derrumbados, que ya no se confunden tras el
deplorable espectáculo de los jardines de plástico que solamente
se resignan ante la plenitud de la muerte.
Demián (6º año)
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El chirrido lejano de las ruedas hizo repiquetear la ventanilla de la boletería. Hacía una hora que esperaba ese andén, donde la gente corre y se mueve para todos lados sin dejar de mirar el reloj, y sin importarle a quién se lleva por delante.
Por fin apareció el tren que miré desde que asomó sus luces encandilándome, hasta que frenó delante de mí. Se abrieron las puertas y una avalancha de gente corrió hacia todos lados sin mirar a los que estábamos abajo.
Yo, con ocho años, debía enfrentarme a ese mundo donde nadie preguntaba qué hacía una criatura en una estación de trenes, esperando quién sabe qué. Seguía descendiendo la gente, yo seguía sin encontrar lo que buscaba hasta que perdí mis esperanzas.
Sin ánimo, comencé a caminar, observando cómo pasaban trenes de aquí para allá, logrando secuestrarme esa fe que hasta entonces había mantenido. Me recosté en un viejo banco y, adormecido por el aburrimiento, estuve hasta las ocho, cuando llegó el último tren. Con poco entusiasmo me levanté y repetí mis pasos mirando ese tren, como había mirado cada uno de los trenes durante ocho años... En todo este tiempo la estación fue mi entorno, mi felicidad, mi tristeza, mi vida... Desde los ocho años... La causa no la sabía nadie... sólo yo y esa persona que nunca más pude volver a ver desde la tarde que tomé un maldito tren a las cinco.
Y esa persona era mi padre, al que nunca más pude mirar a los ojos, ni escuchar su voz, ni siquiera recibir una carta que dijera: "Te quiero. Papá."
Samsa (6º año)
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Acababa
de trancar la puerta y de poner una silla contra ella. Acababa
de cerrar las ventanas y correr las cortinas para estar más segura
de que nadie pudiera interrumpirla.
Entonces sí, se decidió a poner sus sueños dentro
de una caja de cartón. Los plegó cuidadosamente y los apiló
uno sobre otro sin maltratarlos. Cuando fue a cerrarla, tuvo muchas dificultades
e incluso se le escapó una lágrima, pero pudo hacerlo. Suspiró,
y cerrando los ojos la colocó debajo de la cama como un secreto.
Volvió a correr las cortinas y a abrir las ventanas y pateando la
silla abrió la puerta. Esta vez, María quería entender
el mundo. El mundo real.
Salió de su habitación tan pesada, que sus pies parecían
pegarse al piso, como si éste fuera un enorme chicle y la lámpara
del techo se hubiera convertido en un sofocante Sol. Pero al llegar
a la cocina, esa sensación disminuyó un poco y se sentó
en la primera silla que alcanzó con su mano.
Por un momento se detuvo en la imagen de su madre y no pudo entender por
qué se reía tanto.
Ahora María se sentía muy distinta sin sus sueños,
como si sus sentimientos hubieran cambiado tanto, que se había convertido
en fría e invulnerable. Su madre se acercó a ella y abrazándola
muy fuerte, le dio una noticia que dos horas antes la habría hecho
saltar de alegría.
Hacía unos meses que ella y su familia habían tenido
que trasladarse a Montevideo por razones de trabajo. Desde ese momento
su vida cambió muy bruscamente y la ciudad no la había recibido
con los brazos abiertos. Su mamá acababa de enterarse que en muy
poco tiempo podrían regresar a su tranquilo y adorado pueblo. Pero
María tan vacía de anhelos e ilusiones, la miró como
esperando escuchar algo más. Y salió de la casa.
Sólo tenía un gusto amargo en la boca. Y se sorprendió
al ver tantas cajas de cartón como la suya, en las veredas. A menudo
la gente empaqueta sus sueños, pensó. Dándose cuenta
de que era una renuncia vana. Porque sin sueños, el mundo no puede
ser entendido, el futuro no existe ni apremia, y el amor, como aquel que
tuvo que dejar en su pueblo, es sólo una excusa.
La Soñadora (6º año)