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La pintura, fue su modo de transmutar
el arte vivo traído de la campaña. Coplas de payador con
rima, que su padre improvisaba describiendo lo cotidiano, para revelar
una herencia que no olvidaba. Para ellos, -unos recién llegados
a la capital-, sin embargo tal vez haya sido más digno de orgullo,
estar todo el día ocupada como su hermana mayor, Sarita, que terminó
el liceo en Montevideo, y siguió luego el mito de los estudios terciarios
mientras trabajaba. Pero la ciudad tiene también otras cosas. En
el interior, no existe la Escuela de Bellas Artes, y en el año
setenta y seis, cuando ellos llegaron acá, tampoco. Pero apenas
muerto el ogro-aprendiz–de-mago-quema-libros, las puertas reabiertas del
instituto, recibieron a una esperanzada salteña, que como tantos,
eligió pintar el horizonte en lugar de buscarlo. Un curso de dibujo
técnico por correo, ocupaba sus horas, que se repartía también
entre la pintura, el trabajo como artesana de peluches -que fue sostén
económico de su casa vendiendo en las ferias de Villa Biarritz y
Obligado, durante el tiempo de las textiles nacionales - y el niño
recién llegado, que su hermana –ya divorciada- dejaba a cargo de
ella y sus padres mientras estaba afuera. La influencia artística
que supo sin intención transmitir, con su modo de vida forzadamente
bohemio, -que es la única forma de serlo-, se compone de tardes
soleadas jugando a la pelota, en el patio que divide las dos casas, la
de ella y los abuelos, y la de su hermana y el nene. Días de lluvia
en una mesa invadida de crayolas, acuarelas y papeles, peleándose
por ser dignos de alguno de los dos. Reproducciones de historietas de Walt
Disney, (lo más fielmente que permite el pulso a los cinco años).
Y sobre todo, ese estar, cuando uno llega de la escuela y a pesar de todo
siempre hay alguien esperando con la leche, bizcochos de la panadería
de la esquina, y dispuesto a ayudar para que las figuritas del álbum,
queden pegadas a escuadra y lo más prolijamente posible.
José
Calixto.
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