REDificando LetrasVIII ENCUENTRO -2002

NARRATIVA - 3er. nivel


La tía

La pintura, fue su modo de transmutar el arte vivo traído de la campaña. Coplas de payador con rima, que su padre improvisaba describiendo lo cotidiano, para revelar una herencia que no olvidaba. Para ellos, -unos recién llegados a la capital-, sin embargo tal vez haya sido más digno de orgullo, estar todo el día ocupada como su hermana mayor, Sarita, que terminó el liceo en Montevideo, y siguió luego el mito de los estudios terciarios mientras trabajaba. Pero la ciudad tiene también otras cosas. En el interior, no existe la Escuela de Bellas Artes,  y en el año setenta y seis, cuando ellos llegaron acá, tampoco. Pero apenas muerto el ogro-aprendiz–de-mago-quema-libros, las puertas reabiertas del instituto, recibieron a una esperanzada salteña, que como tantos, eligió pintar el horizonte en lugar de buscarlo. Un curso de dibujo técnico por correo, ocupaba sus horas, que se repartía también entre la pintura, el trabajo como artesana de peluches -que fue sostén económico de su casa vendiendo en las ferias de Villa Biarritz y Obligado, durante el tiempo de las textiles nacionales - y el niño recién llegado, que su hermana –ya divorciada- dejaba a cargo de ella y sus padres mientras estaba afuera. La influencia artística que supo sin intención transmitir, con su modo de vida forzadamente bohemio, -que es la única forma de serlo-, se compone de tardes soleadas jugando a la pelota, en el patio que divide las dos casas, la de ella y los abuelos, y la de su hermana y el nene. Días de lluvia en una mesa invadida de crayolas, acuarelas y papeles, peleándose por ser dignos de alguno de los dos. Reproducciones de historietas de Walt Disney, (lo más fielmente que permite el pulso a los cinco años). Y sobre todo, ese estar, cuando uno llega de la escuela y a pesar de todo siempre hay alguien esperando con la leche, bizcochos de la panadería de la esquina, y dispuesto a ayudar para que las figuritas del álbum, queden pegadas a escuadra y lo más prolijamente posible.
¿Qué más puede pedir el primer montevideano de la familia, que una tía consentidora y juguetera?. Con la cabeza fría para los gritos de auxilio, cuando a uno le parece que se acaba el mundo, porque todavía no sabe lo que es estar solo. Cuando existen esos vínculos, uno ya sabe de qué lado está en las peleas familiares, sin importar quién tenga la razón. Y a veces se confunden las palabras, cuando uno tiene que decirle mamá, a una sombra que llega por la noche del trabajo, ya sin ánimo de interacción por el agotamiento. Hoy, sutilmente engañado por la cercanía, parece que el tiempo no ha pasado,  y es que a veces se disfraza de perdido por perdido. Pero cuando ese tiempo es una sana cicatriz en otro, se convierte en pócima curativa, al recordar el pasado con cariño. Entonces la palabra surge de otro lugar, sin que importen el sonido o las letras en orden. Y el que escucha, lejos de ser un oído anónimo, las entiende perfectamente. 
 

    José Calixto.
 


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Montevideo - Uruguay - América del Sur - Actualizado: Noviembre, 2002.