REDificando LetrasVIII ENCUENTRO -2002

ENSAYO - 3er. nivel


¿Dónde está el nido?

Las horas empeñadas de joven en intentar aprender de los mayores, no se acercan a un quinto del tiempo dedicado casi forzosamente a crecer por su cuenta. Como pensó estar haciendo, -creyéndose autodidacta-, libre de la compañía mitológicamente aburrida de sus padres - tal vez porque le recuerda su condición de dependiente, y las palabras no ayudan a disimular la jerarquía, sino que parecen gozarse. Sin embargo, estos intentos inexperientes de ver el mundo sin intermediarios, por lo general no se percatan, a causa de la distancia despersonalizadora, de otras luminosas anteojeras de caballo, no menos civilizantes, pero si más pedagógicas. Justamente este tipo de anestesiante, lejos de hacer del tiempo un instrumento productivo, para equiparar la evolución psíquica de los vínculos que sustituye, llega a estancar al individuo en un limbo de fantasías espirales, que terminan de cerrar su círculo en la infaltable y vacía, recopilación verbal de lo visto en la t.v. la noche anterior. Lejos de cuestionar este tipo de vida, llega a suceder lo mismo que en los actuales conflictos generacionales y la falta de espíritu crítico se impone como una constante desmoralizadora. Tanto para los que se hallan preguntándose hoy, dónde están, y en qué quedó lo que fueron. Como para algunos otros, sin modo de llegar a esa utópica  juventud, qué tan halagada ven en los cortos publicitarios, pero prolongada en pubertad entre tantas dudas existenciales, traídas por los modelos enlatados que consumimos.
Es entonces que debemos preguntarnos, si son realmente los roles lo que deberían, o si se limitan a cumplir la misión del gorrión padre, que alimenta en el pico a su hijo y sale a cazar, porque no encuentra otra excusa, al no tener nada de que hablar. El pichón, entre comidas ha ensayado el vuelo. Y cierto día, sin que mamá águila estuviera, llegó a su nido y empezó a disfrutar de la compañía de los aguiluchos. Ellos lo recibían cálidamente y lo trataban como a un hermano, ayudándolo a completar su aprendizaje en las técnicas del vuelo - a lo águila -, con la cabeza mirando hacia abajo desde muy alto y las garras listas para la caza como habían aprendido de su madre. Su paseo se convirtió en rutina y frecuentó el nido de esos amigos extraños, hasta aprender casi todo de las águilas, entonces fue que no volvió más al nido por comida. Cierto gorrión viejo, un día, miró sorprendido a un jovencito volando altísimo, lejos de la comida que acostumbran los de su especie. El avecita bajó en picada, y con poco esfuerzo, dejó de nuevo vacío el nido de sus padres. Entre nosotros, ya cualquier ave rapaz invade los procesos de crianza, agazapada como un león hambriento entre los medios de comunicación. Y si gato cazador y ave de presa se fusionan en  la misma cosa, se revela que es una vil quimera, la niñera de la postmodernidad. Hoy, que no hace falta que nuestros pichones dejen el nido a escondidas para estar en su área de influencia, la pregunta es entonces:  ¿quién les enseña a volar?
 

    José Calixto.
 


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Montevideo - Uruguay - América del Sur - Actualizado: Noviembre, 2002.