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Las horas empeñadas de joven
en intentar aprender de los mayores, no se acercan a un quinto del tiempo
dedicado casi forzosamente a crecer por su cuenta. Como pensó estar
haciendo, -creyéndose autodidacta-, libre de la compañía
mitológicamente aburrida de sus padres - tal vez porque le recuerda
su condición de dependiente, y las palabras no ayudan a disimular
la jerarquía, sino que parecen gozarse. Sin embargo, estos intentos
inexperientes de ver el mundo sin intermediarios, por lo general no se
percatan, a causa de la distancia despersonalizadora, de otras luminosas
anteojeras de caballo, no menos civilizantes, pero si más pedagógicas.
Justamente este tipo de anestesiante, lejos de hacer del tiempo un instrumento
productivo, para equiparar la evolución psíquica de los vínculos
que sustituye, llega a estancar al individuo en un limbo de fantasías
espirales, que terminan de cerrar su círculo en la infaltable y
vacía, recopilación verbal de lo visto en la t.v. la noche
anterior. Lejos de cuestionar este tipo de vida, llega a suceder lo mismo
que en los actuales conflictos generacionales y la falta de espíritu
crítico se impone como una constante desmoralizadora. Tanto para
los que se hallan preguntándose hoy, dónde están,
y en qué quedó lo que fueron. Como para algunos otros, sin
modo de llegar a esa utópica juventud, qué tan halagada
ven en los cortos publicitarios, pero prolongada en pubertad entre tantas
dudas existenciales, traídas por los modelos enlatados que consumimos.
José
Calixto.
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