REDificando LetrasVI ENCUENTRO - 2000

PRÓLOGO
 

MIL PALABRAS EN LOS LABIOS... 
MIL LETRAS EN LOS DEDOS....

   Una hoja en blanco, la pantalla de la computadora irradiando el espacio sin llenar, una mente confundida y el impetuoso sonido de una lapicera que se tapa y se destapa. Te sentás y pensás en escribir… no sirve. La inspiración no puede manejarse; se espera la llegada del reflejo, cuando es uno mismo el que crea su propia sombra. Es que tal vez, la inspiración sólo sea el eco de la realidad moldeada por los deseos de cada uno.

      Muchas veces, escribir es un dolor de cabeza. Es nadar sin salvavidas en un mar de ideas. Pocas son buenas, muchas son ridículas y siempre hay dos que son excelentes, pero juntas no funcionan. Hay veces en que tenemos ganas de tirar todo por la borda…. Escribir se basa en momentos tan cortos, que a veces parece que no valiera la pena. Es como la proverbial “lamparita” que ilumina nuestros pensamientos y nos da la última – o la primera – pieza para armar el rompecabezas. Escribir es, al fin y al cabo, el supremo acto de llenar papeleras. 

      Cuando escribimos es el único momento en que somos libres, sin presiones, sin compromisos. Y si no nos conforma tachamos, y si no nos gusta rompemos. Solo, cada uno consigo mismo, con sus miedos, sus sonrisas, sus silencios.

* * *

   El arte de escribir no se enseña ni se aprende, nace con nosotros. Nace, pero se va descubriendo a medida que fluye el tiempo, como agua de río cristalino que, a pesar de que lo único que podemos ver es el fondo, su agua posee más de lo que nosotros pensamos o podemos apreciar. Es como un mar sin rumbo y un bote a la deriva y a veces también nos sentimos como si no llegáramos a ninguna parte, y muchas veces nos golpeamos contra las rocas sin razón alguna.

   Y no es simple. Escribir no sólo significa hacer unos garabatos en un papel y se terminó, va más allá de eso; es, quizá, poder pintas nuestro mundo interior o expresar nuestros encantos y desencantos. Es poder, por ejemplo, en un poema decirle “te quiero” a alguien; es en un cuento inventar un mundo, por que es así, la escritura nos permite imaginar, volar y qué mejor que compartirlo. Se trata de elegir palabras y organizarlas adecuadamente, para dar a entender aquellos que se quiere contar, y lo que se quiere contar puede ser inspirado en la realidad o ser puro invento. Es una forma de comunicarnos, de expresarnos. Cuando uno está triste, solo, escribe para sentirse mejor, para comunicar algo, lo que sea.

   Es alejarse de la realidad, escaparse de ella con máquinas fantásticas, con turbinas y motores inmensos, llegar a un nuevo planeta con gente distinta, con sueños distintos, con otra cultura; un planeta imaginado y soñado, en el que uno tiene la ilusión de vivir. También es una manera de disfrazar la realidad. Es poder crear miles de personajes y situaciones, sin importar lo increíbles que parezcan, guiarlos por un camino hasta el final, y decidir su destino.

   Escribir es una manera de recordar nuestros pensamientos, ideales y fantasías, porque al volver a leerlos es como abrir un baúl de memorias, que contiene todos nuestros recuerdos. Escribir es el alimento que necesita el alma para consolarse del mundo, es eso que embriaga hasta el punto en que la realidad se diferencia de la fantasía sólo en los momentos faltos de inspiración. Y quien escribe ha probado ese elixir, ha sentido vibrar en su sangre la sutileza del arte que es capaz de llevarlo lejos, a esa tierra de nadie que se hace tuya, se hace mía y se hace de todos cuando la vemos y la pensamos nuestra. Y así, recopilando nuestros sueños, sensaciones, pensamientos, logramos definir el paisaje de esas tierras vastas que no son más que la imaginación, tomando las formas de nuestras mentes.

   Es maravilloso poder mostrarles a todos que podemos hacer de nosotros mismos algo más de lo que el mundo nos ofrece, regalarle a él algo tan trascendente como nuestra propia esencia.

* * * 

  Nosotros, y me refiero a los adolescentes, tenemos mucho que decir. Tenemos mil palabras en los labios que, ávidas por caer sobre las cabezas blancas, sobre las frentes cansadas y los ojos arrugados del mundo, a veces son reprimidas, a veces son destruidas antes de probar el aire. Y a veces son las mismas cabezas con frentes y ojos del mundo que detienen su curso. Los adolescentes tenemos mil letras en los dedos. Tenemos muchos que decir con las manos. Quizá por buscarle otra salida a las palabras abortadas, quizá por expresar ese impulso, la súbita ¿inspiración? que causó un pensamiento, una reflexión… un sentimiento.

   Nosotros, que estamos creciendo, que cada día somos espectadores y partícipes de este mundo, que estamos aprendiendo a comprender la realidad, que estamos ganando cada día una única experiencia y estamos perdiendo cada día un poco más de la inocencia de la niñez; nosotros, que de repente empezamos a enfrentarnos a la responsabilidad de depender de… ¡nosotros mismos! ¿cómo no vamos a tener mil palabras en los labios, mil letras en los dedos… tantas cosas que expresar? ¿Tantos sueños distintos a esta realidad… tanta de esta realidad metida entre los sueños!

   ¿Quiénes somos? Es difícil dejar de ser un niño para entrar en la realidad, por eso es que buscamos este medio a través del cual hemos expresado nuestros sentimientos más profundos, hemos develado nuestras inquietudes, hemos redactado memorias… Poder escaparte, aunque sea de a ratos, a ese mundo perfecto, el que inventás, tu mundo; es como elevarse hacia lo que realmente querés ser, y en éste, nuestro mundo objetivo, muchas veces no podés…, aunque quisieras gritarle tantas verdades como sueños, que lamentablemente vamos perdiendo.

   Pero esto no termina aquí, no termina al final de estas líneas, ni al final del último cuento o de la mención de los participantes; en este fin se empieza. Y es que este prólogo busca expandirse, busca alcanzar a todos y llegar más lejos. Este libro lo busca. No es el fin dirigirse a los adolescentes responsables de los trabajos aquí impresos, sino a todos; a todos los que, independientemente del resultado, presentaron su trabajo, a todos aquellos que –enterados o no del concurso- rascan tiempo al estudio, al deporte o al ocio mismo para aventurarse con las letras, a los que escriben y a los que no, a los jóvenes de esta generación y, por qué no, a TODOS. Porque el arte de escribir no tiene preferencia, ni edad, ni una uniforme revelación. 

REDificando 2000 - Tapa

Tapa de la publicación.

Lucía Bomio
Luciana Bravo
Silvia Castro
Gabriel Catán
Sebastián Cetraro
Ma. Eugenia Cóppola
Lucía Courtoisie
Carmen González
Natalia González
Ma. Cecilia Ledesma
Laura Luzuriaga
Natalia Souto
Irene Vilas
Karen Wild

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