REDificando Letras        VI ENCUENTRO -2000
 
 

TRABAJOS PRESELECCIONADOS


Hardwood School

Viento furioso
Arpas
Lucía Ardoino (2º año)
Tragedia en la vida de una adolescente
Delarosa
Federica Petzel (2º año)
Tesoro de vida
Enero
Enrique Neumann (4º año)

 

 VIENTO FURIOSO

 Era una noche de invierno, muy fría; afuera el viento soplaba con furia. Belén me había invitado a su casa de veraneo por una semana. La vivienda estaba situada en medio de un gran parque y rodeada de árboles; tenía en el fondo una construcción con dos dormitorios en los que dormían su hermano Francisco y un amigo de él.
 Esa noche, el padre de Belén había tenido que salir, pues debía asistir a una reunión, por lo que tuvimos que quedarnos solos durante unas horas. Cuando se fue, y siguiendo sus recomendaciones, nos aseguramos que todas las puertas y ventanas estuvieran trancadas, y nos pusimos a jugar. Afuera el viento soplaba con furia.
 Cuando llegó la hora de dormir, comenzamos a discutir quién se iba a quedar con el juego, si ellos lo llevaban para el fondo o si nos lo quedábamos nosotras. Al final, fueron ellos quienes sacaron la mejor parte. Mientras uno cargaba el aparato de televisión, el otro llevaba el del juego. Francisco se demoró conversando con nosotras, a la vez que  su amigo continuó caminando. A los pocos segundos éste volvió muy agitado y pálido; apoyó sobre la mesa lo que llevaba en sus manos y dijo con voz temblorosa:
 - ¡Hay alguien entre los arbustos!!
 Los demás nos callamos y lo miramos sorprendidos; creíamos que era una broma, pero su expresión era de miedo.
 - ¡Les juro que es verdad!, nos dijo.
 Creímos en sus palabras, pues su rostro lo expresaba todo. Nos miramos unos a otros sin saber qué hacer; afuera el viento soplaba con furia.
 - ¡No, es imposible!!  Levanta el aparato y vamos para el fondo - expresó Francisco.
 - ¡NOOOO!! ¡Por favor! ¡No nos dejen solas que estamos muertas de miedo!!! - gemíamos Belén y yo.
 - No sean tontas, no hay nadie - contestaron bruscamente Francisco y su amigo, quien había dejado de lado sus temores, y hasta dudaba de haber visto a alguien.
 Nosotras casi nos pusimos a llorar de miedo, pero a ellos no les importó y se fueron al fondo de la casa. Casi temblando volvimos a revisar puertas y ventanas, y al ver que todo estaba en orden nos fuimos a dormir; afuera el viento soplaba con furia.
 Habíamos perdido el sueño, y para no escuchar ruidos cerramos la puerta de la habitación. Ya acostadas comenzamos a escuchar música y a conversar para distraernos, mientras afuera seguía soplando un viento furioso.
 Había pasado aproximadamente media hora cuando escuchamos que la puerta de entrada se abría, cosa que ni nos inmutó, porque estábamos seguras de que sería Francisco que volvía a buscar algún cable que había olvidado. Sin embargo, los pasos que se oían eran muy lentos, pese a lo cual nosotras continuamos conversando. Pero, en determinado momento escuchamos como que estaban tirando todas las cosas del living. El ruido era estruendoso; Belén y yo nos miramos, sentíamos mucho miedo. Ella me dijo: "No te preocupes, es mi hermano".
 Pero la expresión de su cara no decía que estuviera convencida de que los ruidos los estuviera haciendo su hermano; quizás pensaba que se trataba de la persona que antes estaba escondida entre los arbustos.
 Ambas lo sabíamos bien. Afuera, el viento soplaba con furia.
 En cierto momento los ruidos cesaron, se escucharon pasos que se dirigían a nuestra habitación, muy lentamente. Volví a mirar a mi amiga, no nos hablamos, no era necesario: estábamos aterrorizadas. Se detuvieron justo frente a la puerta de nuestro dormitorio; el viento, afuera, soplaba con furia. El pestillo comenzó a girar muy lentamente, casi no podíamos respirar cuando la puerta comenzó a abrirse. Luego de un segundo, que nos pareció un siglo, apareció el papá de Belén.
 - No se asusten, soy yo; ya estoy de vuelta - nos dijo. Afuera el viento seguía soplando con furia.

 Esta historia es real, ocurrió hace tres años en Punta del Este, y los ruidos que escuchábamos provenían de la leña que nuestro anfitrión echaba en la estufa  para avivar el fuego. Nunca supimos realmente si hubo alguien entre los arbustos; sólo sabemos que en ese momento no solamente creímos que era cierto, sino - además- que había entrado a la casa.
 

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 TRAGEDIA EN LA VIDA DE UNA ADOLESCENTE

   Soy Mariana. Hasta ahora, era una chica común. Pero tenía una familia algo inusual, aunque bastante moderna. Mi madre, Sofía, era una mujer divorciada y vuelta a casar, muy simpática pero melancólica como nadie.
   Lo malo era que en los momentos en que estaba de mal humor recurría a mi hombro para llorar. Yo siempre fui una chica comprensiva pero pensaba que mi madre había hecho mal en casarse nuevamente; quizás lo hacía porque no quería aceptar que mis padres nunca más volverían a ser pareja.
   Sonó el timbre del despertador. Era una mañana de invierno, estaba todo oscuro, frío, la neblina no dejaba ver nada, y lo peor era que tenía que ir al liceo en bicicleta como lo hacía todas las mañanas. Al despertarme, lo primero que pensé fue en llamar a mamá para pedirle que me llevara. Me dirigí a toda velocidad, pues se hacía tarde,  hacia el cuarto de ella, que quedaba en el otro extremo de la casa. Golpeé la puerta de su habitación pero no recibí respuesta; insistí en llamar pero tampoco respondió.
    Me decidí a entrar ya que había tocado su puerta varias veces y bien fuerte. Y  ante mi sorpresa, ahí estaba la cama vacía. Fui al baño y busqué nuevamente su respuesta, pero nadie respondió; entonces decidí aprontar todo e irme, pensando que quizás se hubiera levantado más temprano para conducir a mi hermano al liceo, porque ingresa veinte minutos antes que yo. Mi hermano se llama Matías, es muy prolijo, de esos a quienes no se les escapa nada, lo que se dice un chico prodigio; lo único que ha anhelado por años ha sido irse a vivir solo, pero mi madre no lo ha dejado; a pesar que lo extrañaría mucho, yo le veo el lado bueno a su posible ausencia porque me puedo quedar en su cuarto que es el más grande de la casa.
    Llegué al liceo y noté que todos me miraban raro, pero no le di mucha importancia. Fui al baño, antes de entrar a clase, y me miré al espejo para ver si tenía pasta de dientes sobre mi sweter.
    Durante el transcurso de la clase de matemática entró el director y le pidió al profesor autorización para que yo me retirara por unos momentos porque necesitaba hablar conmigo. Una vez afuera del salón, me dijo: "Llamaron del hospital para avisar que tu madre está internada". Cuando escuché eso, salí corriendo hacia la calle y, al llegar al viejo portón no sabía hacia dónde ir; me mareé, cerré los ojos por un instante y cuando los volví a abrir estaba en una sala de espera de un sanatorio.
   Empecé a gritar como una desesperada y allí estaban mi hermano y mi padrastro Santiago, quienes me dijeron que mi madre había chocado esa mañana al ir al trabajo y que no se enteraron hasta que llamaron desde allí y preguntaron por qué no había ido. Me puse a llorar y a gritar nuevamente, pero esta vez por el dolor que la noticia me causó. No podía creer que mi madre, esa persona que siempre estaba ahí, junto a mí, ahora estuviera en una cama de hospital, quizás al borde de la muerte.
  Dos días después mi madre murió; si hubiera sobrevivido, habría permanecido en estado vegetativo. ¡Fue horrible! Yo fui la que quedó peor, aunque mi hermano también se sentía muy mal. No salí de mi casa hasta dos meses después de su muerte, y al primer lugar que acudí fue al cementerio. 
   Ya era primavera y todo aparecía tan alegre, tan normal; no sé por qué, pero siempre pensé que el mundo iba a cambiar un poco desde el momento que alguien cercano y querido muriera.
   Pero no; el jardinero todavía venía todos los jueves, la leche seguía costando cinco pesos con cincuenta y el pan tenía el mismo sabor de siempre. La gente seguía yendo a trabajar todas las mañanas. Pero yo sí que cambié: dejé de ser esa chica simpática, muy charlatana y comprensiva que era antes. Pasé a ser aburrida, a no salir, no reír, no correr, no jugar; sólo pasaba el día pensando cómo sería la vida si mi madre aún estuviera viva.
   Luego de pensar por varios meses en cómo superar la muerte de uno de mis más queridos seres, llegué a la conclusión de que todos los humanos somos egoístas, sí, muy egoístas, y que quizás mi madre estaba cansada de vivir así. ¿Y si hubiera querido morir? ¿O que teníamos que ser menos dependientes de ella?
   Entonces lo hice. Volví al liceo, al club, a mi vida de antes cuando era muy feliz, salía con mis amigos e hice nuevas amistades. Compré una mascota, una perrita, la llamé Sofía, como recuerdo de mi difunta madre. Y así viví por varios años, hasta que un día, antes de terminar las clases, al ir por la carretera veo a una chica de unos quince años llorando a un costado de la ruta. Me bajé y le pregunté qué le sucedía; me contestó que su mamá estaba en un auto destrozado contra una columna, al cual señalaba sollozando. La traté de tranquilizar diciéndole que íbamos a llamar a una ambulancia y que todo iba a salir bien. Alrededor de veinte minutos más tarde llegó la asistencia junto a los bomberos. La chica estaba aterrorizada; yo trataba de consolarla, pero pensaba que su madre no tenía posibilidades de vida. Los bomberos la sacaron de entre los hierros retorcidos de su automóvil y en la unidad de emergencia la trasladaron a un sanatorio.
   Dos días más tarde concurrí a efectuarme un chequeo médico, casualmente al lugar donde habían internado a la mujer accidentada. Lo primero que vino a mi mente fue el pensamiento de que quizás hubiera muerto. Cuando, después de haber terminado mis análisis, me retiraba, al girar mi cuerpo vi a la chica, a quien yo había auxiliado, y a su madre caminando hacia una de las salas. Sonreí y me acerqué a ellas; la joven socorrida por mí en aquel triste episodio se dirigió a su mamá y le dijo: "Te presento a la valiente joven que te salvó la vida, y a mí también, porque no sé qué hubiera hecho sin ti". Las dos se miraron y luego se abrazaron; luego, repararon en mi. Yo les estreché las manos y fui feliz porque supe que había ayudado a alguien a no pasar lo mismo que yo pasé al morir mi
 madre.
    Nunca más vi a mi padrastro; se ausentó a los cuatro meses de la muerte de mamá. Mi hermano se fue a vivir solo y el mes que viene se casa. Y yo, bueno, me vine a vivir con mi padre y hoy, por primera vez desde que murió mi madre, soy feliz.
                                                                                                   Delarosa
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 TESORO DE VIDA

 El tesoro preciado de la vida
 Es creer en ti, seguir adelante
 Y beber en tu fuente palpitante
 Para saciar mi sed de fantasía.

 Sentimiento que al mundo desafía
 Sintiéndose del mundo su habitante
 Por caminos sin ley, desconcertantes
 A ti acudo sin miedo ni ironía.

 Ilusión, esperanza, miel, frescura
 Semilla en cada surco del rocío
 Poder omnipotente de ternura.

 No te vayas ni aún siendo oprimido
 Timonel, de mi rumbo la ventura
 En ti, sueño, decido mi destino.

                                                        Enero

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ELECCIÓN DE LOS LECTORES:

1.   Cada elector puede votar, entre todos los preseleccionados un solo trabajo 
      de cada  género (narrativa y lírica)
.

2.   En el mensaje deberá especificar:  

  • del trabajo elegido:  título, seudónimo del autor/autora; 
  • del elector:  nombre completo y número de Cédula de Identidad.

  •  mailto:buzon1@varela.reu.edu.uy 


 
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Actualizado: Noviembre, 2000.