JOSÉ PEDRO VARELA
Y LA ESCUELA PARA LA DEMOCRACIA

Habla el Prof. Roberto Abadie Soriano, autor, docente, ex Director del Instituto Uruguayo de Estudios Preparatorios, Miembro de la Sociedad de Amigos de la Educación Popular.

Conferencia pronunciada el 21 de noviembre de 1968.


   El tema de esta disertación “José Pedro Varela y la escuela para la democracia”, que voy a tener el placer de desarrollar en adhesión a este acto de homenaje, me lleva a evocar la recia lucha librada, en distintas partes del continente americano, por tras reformadores que legaron a la posteridad la Escuela para la Democracia.

  Me refiero, señores, a Horacio Mann, a Domingo Faustino Sarmiento y a José Pedro Varela, los tres abanderados de la Educación del Pueblo. Es a ellos, que debemos en América la Escuela para la Democracia, asentada en estos cuatro principios fundamentales:
 
UNIVERSALIDAD,
GRATUIDAD,
OBLIGATORIEDAD y
LAICIDAD.

   Fue muy recia la lucha, y a veces muy larga, que tuvieron que librar estos tres Reformadores para construir la nueva Escuela sobre estos cuatro principios.

  Horacio Mann, en su Estado natal de Massachusetts, luchó sin descanso, durante 25 años defendiendo el ideal de la Escuela Popular; Sarmiento, aquel Maestro del Nuevo Mundo, aquel gran civilizador de América, entregó 60 años de su larga vida, a los mismos ideales; y José Pedro Varela, nuestro Reformador, logró imponer la Escuela de sus sueños, en sólo diez años, en la última década de su vida, que fue muy breve, pero fecunda y gloriosa.

  Veamos ahora, cien años después, cómo llega José Pedro Varela a conocer los ideales de Horacio Mann y de Sarmiento, y cómo se despertó en él la sublime vocación que lo llevó a realizar la Reforma de la Escuela uruguaya.

  En el año 1867, Varela es un joven de 22 años. Está de viaje cumpliendo una misión relacionada con las actividades comerciales de su padre. Se encuentra en los Estados Unidos, luego de haber recorrido diversos países de Europa. Acababa de publicar su primer volumen de poesías “Ecos Perdidos”, con el espaldarazo lírico del gran poeta y escritor francés Víctor Hugo, a quien visitara al pasar por Francia. Varela amaba las letras y el periodismo, y poseía un temperamento vehemente, apasionado, lírico, romántico, idealista.

  En la ciudad de Nueva York conoce a don Domingo Faustino Sarmiento, radicado en esa ciudad, conde ejercía las funciones de Embajador de la República Argentina, ante el gobierno de la república del Norte.

  Sarmiento tenía entonces 56 años y se encontraba en la culminación de su brillante carrera. Había dejado atrás una larga y luminosa trayectoria al servicios de la educación popular. Hacía ya muchos años que Sarmiento venía ejerciendo su gran vocación de Maestro del Nuevo Mundo, como lo llamara Ricardo Rojas. Desde los quince años lo vemos actuando en su Escuela de los Andes y en Pacuro; en 1839 fundando, en su provincia natal de San Juan, el primer pensionado para la educación de la mujer; en 1841, fundando y dirigiendo en Santiago de Chile la primera Escuela Normal para la formación de los maestros, que existió en América latina y luego, actuando como Director de Enseñanza de la provincia de Buenos Aires, como Senador de la república, como Ministro de Mitre, hasta llegar a ser Gobernador de su provincia de San Juan donde luchó sin descanso para extirpar el caudillismo y promover el desarrollo de la educación popular.

   Durante toda su vida, aún durante los años en que ejerció la Presidencia de la República Argentina, Sarmiento fue el Maestro ideal, encarnándolo con la energía y la dignidad de su recia personalidad moral.

   Cuando Varela conoce a Sarmiento, en 1867, hacía ya 20 años que éste había publicado su notable obra “Educación Popular”, el libro que Sarmiento prefirió siempre entre los numerosos volúmenes que produjo su incesante actividad intelectual.

   “Educación Popular” fue el primer trabajo serio que apareció en la América Meridional, planteando el problema de la educación del pueblo, dándole a la enseñanza un carácter universal, y estableciendo que todo niño tiene el derecho de recibir educación impartida por el Estado, a quien le corresponde organizarla, dirigirla e inspeccionarla.

  Es en este libro que Sarmiento difundió las ideas de H. Mann, educador y legislador americano, predicador de un sistema de educación democrática, y que Sarmiento conociera personalmente, en el año 1847, en ocasión del primer viaje que había efectuado a los Estados Unidos.

   Este encuentro entre José Pedro Varela y don Domingo Faustino Sarmiento va a tener una influencia decisiva en el espíritu de nuestro compatriota.  Desde ese momento se creará entre ambos una afectuosa amistad que los irá uniendo, cada día más, en la realización de los comunes ideales.

   Sarmiento tuvo la manía de construir la República y civilizarla. Fue ésta su manía, su pasión, su ideal, su impulso, su vocación inalterable, la razón de su vida.

   “Se ha dicho que la educación es mi manía”, nos dice Sarmiento y agrega: “Pero sólo cuando una gran aspiración social se convierte en manía es que se logra concretarla en un hecho, en una institución, en una conquista.”

   Fue esta manía, esta pasión civilizadora, lo que impulsó su vida sin descanso. Afirma Lugones que Sarmiento vivió acarreando menesteres de civilizar: sembrando como un sublime labrador sus escuelas, sus bibliotecas, sus laboratorios, sus facultades universitarias, sus ideas, sus artículos, llega a tener la irradiación circular de la lámpara, que limita por todos lados con la sombra. Y nosotros pensamos que la gloria de Sarmiento consistió, precisamente, en ir elevando cada vez más la lámpara para ir agrandando el círculo de su luz.

   La cruzada que realizó Sarmiento por implantar y difundir la educación popular, es una lección magnífica de fe, de decisión, de confianza, y de un contagioso optimismo patriótico. “Educar al soberano” es la fórmula que Sarmiento pone al frente de su cruzada civilizadora. Si el soberano es el pueblo, debemos educarlo. No hay democracia sin educación popular.

    Esta pasión por la educación popular, esta manía civilizadora, este optimismo contagioso, es lo que Sarmiento va a trasmitir, con el fervor y el fuego de su palabra, al joven José Pedro Varela. “Dedíquese, le dijo Sarmiento, a estudiar los problemas de la educación del pueblo. Encontrará en ellos el mejor medio de servir, eficazmente, a su país y recibirá la bendición de sus compatriotas”.

   El idealismo juvenil, el amor a la patria, el entusiasmo, la voluntad y la inteligencia de José Pedro Varela, le hicieron comprender la grandeza y la trascendencia que encerraban aquellas palabras proféticas y se entregó de lleno al estudio de la educación del pueblo. Varela percibió, de inmediato, que el adelanto, el progreso y el grado de civilización de un país se miden por el número de sus escuelas.

   La influencia, pues, de Sarmiento fue decisiva en quien sería, pocos años después, el Reformador de la Escuela Uruguaya.

   A los pocos días de regresar de los Estados Unidos, José Pedro Varela pronuncia una conferencia memorable en los salones del Instituto de Instrucción Pública, el 18 de setiembre de 1868. Estas fueron sus primeras palabras: “La educación, en verdad, es lo que nos falta; pero, una educación para todos, sin distinción de clases, para iluminar la conciencia oscurecida del pueblo; una educación que nos permite formar al niño para ser hombre y al hombre para ser ciudadano”. Y agregaba, después, dirigiéndose a los jóvenes como él: “Hace mucho tiempo que hablamos, ¿cuándo empezaremos a actuar?

   Y la acción comenzó ese mismo días, porque ese mismo día fue tal la repercusión que tuvieron las palabras de Varela y el aplauso con que fueron recibidas que, de inmediato, se fundó una sociedad civil para buscar soluciones pacíficas a la República. Así nació la Sociedad de Amigos de la Educación Popular. Su primer presidente fue el Dr. Elbio Fernández; José Pedro Varela y Carlos M. Ramírez eran los Secretarios; el Dr. Eduardo Brito del Pino, su Vicepresidente; don Ambrosio Lerena, el Tesorero; los acompañaban como vocales: D. Alfredo Vázquez Acevedo, el Dr. Juan Carlos Blanco, D. Eliseo F. Outes y D. José Arechavaleta.

    Era un grupo de jóvenes. Varela tenía 23 años; Juan Carlos Blanco tenía 20 años; Ramírez, 21; Vázquez Acevedo, 24; Elbio Fernández, 26, era el mayo del grupo. Algunos murieron muy jóvenes, como Elbio Fernández, que muere al año siguiente, dejando el ejemplo de su gallardía cívica, porque es emocionante el motivo por el cual hizo el sacrificio de su propia vida; y Varela, que muere a los 34 años, pidiendo, febrilmente, papel para escribir, en su lecho de enfermo. Otros, en cambio, tuvieron larga vida y ejercieron una enorme gravitación en la vida cultural de la República. El Dr. Brito del Pino falleció en 1928, a los 89 años de edad; Alfredo Vázquez Acevedo, que llegó a ser Rector de la Universidad de la República, falleció a los 79 años; y José Arechavaleta, nuestro gran sabio naturalista, fallece a los 74 años, en momentos que ejercía la dirección del Museo de Historia Natural y dictaba su cátedra en la Facultad de medicina.

   La Sociedad de Amigos de la Educación popular fue fundada con la finalidad de promover el adelante y el desarrollo de la educación popular en todo el territorio de la República; pero la Sociedad se encontró con que tuvo que hacerlo todo. Y aquí comienza la lucha. Nosotros hemos tenido la fortuna de leer, pacientemente, las actas de la Sociedad de Amigos, desde el momento en que inicia sus funciones hasta la muerte de José Pedro Varela, en 1879. La lectura de este documento produce un verdadero asombro por la acción fervorosa que desarrollaron aquellos hombres que fuero, sin lugar a dudas, los colaboradores directos de Varela en la gesta de la Reforma Escolar.

   La Sociedad de Amigos comienza por discutir los principios y las doctr5inas que dieron fundamento a la reforma de la educación nacional. Para esto fundaron una revista “La Educación Popular”, y es en esta revista donde se hace el debate público de las ideas que ellos esgrimieron para salvar pacíficamente a la República.

   La Sociedad de Amigos tuvo que luchar con muchos inconvenientes y la vida de José Pedro Varela y la de sus compañeros fue una vida de lucha y de polémica permanente. Además, uno de los golpes más rudos para la Sociedad fue la muerte de su presidente, el Dr. Elbio Fernández, que se produce a los pocos meses.

   Desaparecido el Dr. Elbio Fernández, asumió la presidencia de la Sociedad, José Pedro Varela, que va a ejercerla desde 1869 hasta 1877, en que la abandona para ir a desempeñar las funciones de Inspector Nacional de Instrucción primaria. Fue durante estos años, que constituyen casi una década, durante los cuales Varela más que el Presidente fue el alma de la Sociedad, en que se van a estudiar todos los elementos de la Reforma escolar:  Se adaptaron a las necesidades de nuestra enseñanza popular los nuevos sistemas y métodos de enseñanza que desde hacía 30 años atrás ya se aplicaban en Estados Unidos y en Europa; se redactaron los primeros programas escolares respondiendo a las exigencias de una Escuela cuya finalidad era la de “formar al niño para ser hombre y al hombre para ser ciudadano”; se dictaron normas, inexistentes hasta ese momento en la República, con respecto a la edificación escolar (no existía todavía ningún edificio construido especialmente para escuelas); normas referentes al mobiliario escolar, a los textos de enseñanza y al material didáctico; se tradujeron al idioma castellano las primeras obras extranjeras sobre enseñanza y educación que circularon por la República; se editaron los primeros textos de autores nacionales, así como el primer material didáctico que se conoció en la República: carteles para la enseñanza de la Lectura y la Geografía, mapas, etc.

   La Sociedad resuelve fundar la primera Escuela para aplicar los principios modernos de la educación popular. Había que terminar con la Escuela rutinaria, dogmática, de tipo escolástico y memorístico, que era la Escuela que existía en ese momento, una Escuela que ajustaba su organización a los viejos cánones de aquel sistema Lancasteriano, introducido en 1820 por los portugueses. Era necesario, pues, fundar una Escuela Nueva, una Escuela racional, en que el niño observe y piense y adquiera el desarrollo libre y armónico de sus facultades humanas, una Escuela que fuera para todos, ya que, en esa época, el 85% de los niños de la República estaban fuera de la Escuela, pues eran prácticamente inexistentes.

   Y así nació la primera Escuela de la Sociedad, la Escuela “Elbio Fernández”, el 29 de agosto de 1869, y a la cual se le puso este nombre por moción de José Pedro Varela, en homenaje al compañero desaparecido.

   La Escuela “Elbio Fernández” fue el laboratorio donde se experimentaron los métodos, programas, procedimientos de enseñanza, el régimen de organización escolar, horarios de trabajo, la disciplina, las promociones, la clasificación de alumnos, el método objetivo, el método de observación y experimentación, en una palabra, todos los elementos que habían sido prolijamente elaborados en el seno de la Sociedad de Amigos y que ahora iban a ser sometidos a la rigurosa confrontación de la experiencia pedagógica.

   Además de la Escuela “Elbio Fernández”, la Sociedad de Amigos fundó varias escuelas en la capital y en el interior de la República, en varios departamentos del interior, así como las primeras Bibliotecas Populares, con el fin de crear centros de irradiación cultural en las zonas aisladas del país.

   Y, como si esto fuera poco, funda una Escuela Normal, para formar en ella a los maestros de la Reforma, con el espíritu de la Reforma y con la Pedagogía de la Reforma, porque es en este momento en que nace la Pedagogía nacional.

   En una de las Actas de la Sociedad, se consigna lo siguiente: “Tres distinguidos vecinos de la localidad de Colón, los Sres. Lezica, Lanús y Fynn, se presentan a la Sociedad diciendo que tienen el propósito de fundar una gran escuela en la Villa de Colón, para cuya finalidad están construyendo un gran local”. Y pedían a la Sociedad que proyectara la organización de esa escuela. Se nombra una Comisión que preside José Pedro Varela para que redacte el informe. Varela empieza a trabajar, con esa consagración y esa actividad febril que lo caracterizó siempre, y a las pocas sesiones da cuenta de que este problema le ha despertado un interés tal que, sin quererlo, ahondando en su estudio, ha escrito diversos capítulos y que esos capítulos, al releerlos, lo han llevado al propósito de continuarlos y presentar, a la consideración de sus compañeros, una obra completa para que, si la Sociedad comparte su contenido, la publique y difunda en toda la República y en los países limítrofes de América.

   Y así nació “La Educación del Pueblo”.

   Es en esta notable obra, “La Educación del Pueblo”, que no ha envejecido todavía ya que su lectura continúa teniendo plena actualidad, donde José Pedro Varela plantea, con admirable claridad, los postulados que deben fundamentar una Escuela para la Democracia.

   Tratemos de seguir, con la mayor fidelidad posible, el pensamiento de Varela:  “Para instituir la República, nos dice, lo primero es formar los republicanos; para crear el gobierno del pueblo, lo primero es despertar y llamar a la vida activa al pueblo mismo; para hacer que la opinión pública sea soberana, lo primero es formar la opinión pública; y todas las grandes necesidades de la Democracia, todas las exigencias de la República, sólo tienen un medio posible de realización: educar, educar, siempre educar!

   La Escuela, agrega, es la base de la República, y la educación la condición indispensable de la ciudadanía. El gobierno democrático republicano supone en el pueblos las aptitudes necesarias para gobernarse a sí mismo.

   El sufragio universal supone la conciencia universal, y la conciencia universal supone y exige la educación universal.

   Aquí tenemos pues, el primer principio de la Escuela para la Democracia: La educación universal, es decir, impartida a todos por igual.

   Además de universal, debe ser gratuita y obligatoria y desarrollar el sentimiento de la igualdad democrática:  “Los que una vez, dice Varela, se han encontrado juntos en los bancos de una Escuela, a la que concurren haciendo uso de un mismo derecho, se acostumbran a considerarse iguales.” Por último, la Escuela del pueblo y para el pueblo, deber ser laica.

   La Escuela pública para todos, abierta a los niños de todas las creencias, persigue un fin social y no un fin religioso. La finalidad de la Escuela dentro de la Democracia, es respetar la personalidad humana, en su triple aspecto: físico, intelectual y moral, y ese respeto tiene que traducirse en el reconocimiento de la igualdad y de la libertad del hombre.

   Frente a la enseñanza dogmática, debemos oponer una enseñanza científica, reflexiva y razonada. La enseñanza religiosa debe quedar reservada al ambiente de la familiar y de la Iglesia. Laicismo quiere decir: respeto a todas las creencias; laicismo quiere decir, además, neutralidad y tolerancia.

   Asentada sobre estos cuatro principios, universalidad, gratuidad, obligatoriedad y laicidad, la Escuela Vareliana llegó a convertirse en la verdadera Escuela que educa para la vida, es decir una Escuela que educa para la Paz, para la creación, para el bienestar, para la justicia social; que educa para el amor y no para el odio; para la creación y no para la destrucción; para la humanidad y no para una raza; para desarrollar libremente la conciencia moral y no para inculcar un dogma.

   “Los dogmas dividen a los hombres; el ideal moral los une”, dice Ingenieros, el conocido pensador argentino. Y la Escuela del pueblo y para el pueblo, tiene que responder a ese ideal: unir a todos los hombre en la solidaridad, en la cooperación, en la ayuda mutua, en el amor al prójimo, la responsabilidad, la dignidad y la tolerancia; y no dividirlos en dogmas religiosos ni en credos políticos.

   Éste es el gran legado que nos dejó Varela:  Una escuela del pueblo y para el pueblo, igual para todos, gratuita y obligatoria, respetuosa de todas las creencias, una Escuela que educa para la vida y para la convivencia democrática.

Volver a Conferencias

Colonia 1637 CP 11200 - Tel.: +598 2 4097020 Fax: +598 2 4093219 BBS: +598 2 4095977* +598 2 4091230*
Montevideo - Uruguay - América del Sur - Actualizado: Noviembre, 2000.